Si tiene buen apoyo con vistas y comentarios vamos a seguir con la parte numero 2.
jueves, 16 de abril de 2026
lunes, 13 de abril de 2026
viernes, 10 de abril de 2026
Karma
La máquina del tiempo zumbó por última vez en el laboratorio subterráneo del millonario.
Cientifico: Listo, señor, dijo el científico con una sonrisa que el millonario no supo leer. Un salto directo a la antigüedad. El cuerpo que elegí para usted es… perfecto.
El millonario, arrogante y ansioso por “probar la historia en carne propia”, pulsó el botón.
El mundo se torció.
Y despertó dentro del peor cuerpo posible.
Estaba completamente desnuda.
Su torso ,el torso de una mujer de piel morena y curvas marcadas, se encontraba agachado en una postura humillante: rodillas clavadas en el suelo frío de concreto, espalda arqueada hacia atrás, caderas empujadas hacia arriba. La cabeza girada hacia un lado, mejilla casi rozando el hombro. Un pesado dispositivo metálico, frío y brutal, le sujetaba la cadera y la parte baja de la espalda con correas de cuero grueso que le inmovilizaban por completo la columna y las piernas. No podía enderezarse. No podía cerrarlas. Solo podía temblar.
Frente a ella, a pocos centímetros de su cara, un gran recipiente en forma de bowl ancho estaba lleno hasta el borde de agua helada, montado sobre un soporte alto. El taller era oscuro, paredes de concreto sucio, antorchas parpadeantes y herramientas antiguas colgando de ganchos. Olía a humedad, a hierro y a miedo.
Un hombre entró. Alto, vestido con una túnica raída, un látigo enrollado en la mano. Sonrió al verla despierta.
xxx: Bienvenida de nuevo, esclava ,dijo en una lengua antigua que, sin embargo, ella entendió perfectamente.
Se acercó sin prisa. Con una mano enguantada le separó las nalgas y, sin aviso, le hundió un gancho metálico frío y grueso directamente en el ano. El dolor la hizo jadear. El gancho estaba unido a una cadena que el hombre tensó hacia arriba, obligándola a arquear aún más la espalda, levantándole las caderas en un ángulo imposible. Ahora su cara quedaba exactamente sobre el borde del embudo.
xxx: Así estás mejor, gruñó él.
Agarró su cabello rizado con fuerza y le hundió la cara en el agua. Una, dos, tres, cuatro veces. Cada inmersión era más larga. El agua le entraba por la nariz, le quemaba los pulmones. Cuando la sacaba, ella tosía y escupía, el pecho agitado, los pezones duros por el frío y el terror
.
El hombre soltó una risa baja.
—Buena chica.
Retiró el gancho de un tirón seco. El alivio duró solo un segundo. En su lugar, empujó un grueso dildo de madera pulida y aceitada directamente en su ano, hasta el fondo. Lo movió con rudeza unas cuantas veces, observándola retorcerse en sus ataduras, antes de dejarlo clavado allí, profundo e inmóvil.
Finalmente, dio un paso atrás. Se enrolló el látigo en la cintura y la miró una última vez.
xxx: Voy a regresar con más cosas
Se dio la vuelta y cerró la pesada puerta de madera tras de sí.
El taller quedó en silencio.
Solo quedaba ella: desnuda, arqueada, inmovilizada por el arnés metálico, con el dildo todavía dentro y el agua del embudo goteando de su barbilla. La espalda le ardía. El ano le palpitaba. El cuerpo que ahora era suyo temblaba sin control.
Y comprendió, demasiado tarde, que el científico no había construido una máquina del tiempo y ahora esta cayendo en la locura.
Hija de puta.....
Para no dejar morir el blog por la universidad
La casa de los padres de Aisha estaba en silencio. Demasiado silencio.
Carlos, atrapado en el cuerpo de Aisha desde hacía exactamente siete días, estaba completamente desnuda frente a la ventana del salón. Abrazaba con fuerza una almohada contra sus pechos, como si pudiera esconder la realidad de esa piel oscura, esos pezones oscuros y esa figura que ya no podía ignorar. El cristal frío le devolvía el reflejo borroso de una mujer negra, ojos grandes y asustados que miraban hacia la calle vacía. Esperaba. Esperaba ver el auto de su familia aparecer en cualquier momento.
No sabía nada. Desde el instante en que su hija pronunció el hechizo y todo cambió, lo habían dejado aquí, en la casa de los padres de Aisha. “Para que vivas la experiencia completa”, le había dicho Sofía con una sonrisa que no olvidaría jamás. Los padres de Aisha estaban de viaje desde hacía días; no había nadie más. Ni una llamada de Laura. Ni un mensaje de su hija. Solo silencio y el peso de un cuerpo que no era suyo.
Carlos: Hija de puta… murmuró con la voz suave y melodiosa de Aisha. Ya pasó la semana. El hechizo se tenía que romper hoy.
Miró el reloj de la pared por enésima vez. Las 19:45. Su esposa, Laura, y su hija, Sofía, habían prometido volver a buscarlo antes de las seis. Ni una llamada. Ni un mensaje.
Carlos se apretó más contra la almohada, sintiendo el roce extraño de su propia piel desnuda contra la tela. El teléfono vibró sobre la mesa. Lo agarró con dedos temblorosos.
Un mensaje de Sofía.
-Papá , cambiamos de planes. Mamá, Aisha y yo nos fuimos a la cabaña del lago. Necesitábamos “tiempo de chicas”. Ya sabes, para que Aisha pruebe cómo es ser el jefe de familia por unos días más.
P.D.: No te preocupes, el hechizo se mantiene hasta que nosotras decidamos. Aisha dice que le encanta tu cuerpo. Dice que nunca había tenido tanto espacio en la cama. Y que tu billetera es divina.
Nos vemos en una semanita más… o dos.
Te queremos 💕»
Carlos se quedó mirando la pantalla. La mano le temblaba tanto que casi se le cayó el teléfono. ¿La cabaña del lago? ¿Aisha en su cuerpo? ¿Su familia… de vacaciones con él mismo?
jueves, 2 de abril de 2026
miércoles, 1 de abril de 2026
Experimiento fallido
Desde que teníamos catorce años, éramos la pareja que todos envidiaban.
Yo, Mateo, era un chico grande incluso entonces: 1,92 de altura, hombros anchos, pecho fuerte y manos que parecían capaces de partir troncos. Siempre fui el protector, el que cargaba las mochilas, el que la levantaba en brazos para cruzar charcos. Ahora, con 28 años, seguía siendo un hombre robusto, de voz grave y presencia imponente.
Ella, Camila, era todo lo contrario: una rubia diminuta de apenas 1,55, con cara de muñeca, ojos grandes y una personalidad infantil y juguetona que me volvía loco. Se reía por todo, hacía pucheros cuando no conseguía lo que quería,”. Era dulce, cariñosa y de buen corazón, pero también caprichosa y un poco mimada. Nuestra relación era perfecta: yo la cuidaba como a una princesita y ella me adoraba como su héroe grande y fuerte.
Hasta que el dinero empezó a faltar.
Los trabajos precarios, las deudas acumuladas y el alquiler cada vez más caro nos estaban ahogando. Una noche, mientras cenábamos fideos con salsa de tomate por tercera vez en la semana, vi el anuncio en un grupo de Facebook: “Experimento científico remunerado. Pago inmediato en efectivo. Solo parejas. Confidencialidad garantizada.”
El “científico” era un tipo raro de poca monta que operaba en un local viejo en las afueras. Prometía un procedimiento simple de “optimización hormonal temporal” que supuestamente aumentaría nuestra energía y productividad. El pago era generoso: suficiente para cubrir tres meses de alquiler.
Camila estaba nerviosa. Camila:¿Y si sale mal, Mateo? Mateo: Solo es un experimento tonto —le dije, abrazándola—. Somos jóvenes y sanos. En el peor caso, nos devuelven el dinero y ya. Además… ¿no quieres que dejemos de comer fideos todos los días?
Terminó aceptando porque confiaba ciegamente en mí.
El laboratorio era un desastre: tubos fluorescentes parpadeantes, cables sueltos y un olor extraño a productos químicos baratos. El científico, un hombrecillo calvo y sudoroso, nos inyectó unos sueros de colores y nos pidió que nos recostáramos. “Relájense, será rápido”, dijo.
No fue rápido.
Cuando despertamos, estabamos en casa, todo había salido terriblemente mal.
Yo ya no era el hombre grande y fuerte.
Ahora medía poco más de 1,52. Mi cuerpo era pequeño, delicado y suave. Tenía pechos pequeños pero visibles, caderas ligeramente anchas y, entre las piernas, una vagina rosada y sensible en lugar de mi pene. Mi cabello rubio había crecido de golpe hasta los hombros y, sin que pudiera controlarlo, me había hecho dos coletas altas con los mismos lazos rosados que Camila solía usar. Mi voz salía aguda, infantil, casi como la de una niñita caprichosa. Peor aún: los gestos y comportamientos aniñados de Camila se habían transferido a mí. No podía evitar hacer pucheros, hablar con tono mimoso o balancearme nerviosamente de un pie a otro.
Camila, por su parte, estaba dentro de mi antiguo cuerpo… pero peor.
Medía 1,92, con músculos marcados, hombros anchos y una presencia imponente. Entre sus piernas colgaba un pene mucho más grande y grueso de lo que jamás había sido el mío, hinchado y pesado por la testosterona descontrolada. Su postura había cambiado por completo: piernas abiertas, espalda recta, mirada arrogante. La dulzura infantil que la caracterizaba había desaparecido, reemplazada por una dominante y cabreada que me intimidaba.
Se miró al espejo y luego me miró a mí.
Camila: ¿Qué carajos es esto? —rugió con mi antigua voz grave, señalándome con furia—. ¡Mírate! ¡Pareces una putita rubia de caricatura!
Me miré las manos pequeñas, las coletas, y sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas sin poder evitarlo.
Mateo: Lo… lo siento, Camilita… —dije con voz aguda y temblorosa, haciendo un puchero infantil.
Camila: ¡No me llames Camilita! —gritó, acercándose con pasos pesados. Su pene ya empezaba a endurecerse solo por la rabia—. ¡Esto es tu culpa! ¡Tú me convenciste de venir a este circo de mierda! ¡Ahora tenemos que esperar semanas, tal vez meses, hasta que ese imbécil encuentre cómo revertirlo!
Se detuvo frente a mí, mirándome desde arriba. Su polla grande y gruesa estaba ya casi completamente erecta.
Camila: Y mientras tanto… vas a pagar por esto, princesita.
No me dio tiempo a suplicar.
Me agarró de las coletas con fuerza y me empujó contra el viejo sofá sucio. Me quito toda la ropa de un movimiento y me separó las nalgas sin piedad.
Camila: Primero voy a destrozarte ese culito virgen que ahora tienes.
Escupió grueso sobre mi ano fruncido y presionó la cabeza gruesa de su pene. Empujó con fuerza. Grité con mi voz aniñada cuando el grosor me abrió de golpe. Era mucho más grande que antes. Sentí cómo me estiraba dolorosamente mientras ella empezaba a follarme con embestidas brutales y profundas.
Camila: Joder… qué apretado está… —gruñó, tirando de mis coletas como riendas—. ¿Te gusta, bebita? ¿Te gusta que tu “heroe grande” te folle el culo como una perrita?
Lloriqueaba y gemía como una niña, las lágrimas corriendo por mis mejillas mientras ella me sodomizaba sin compasión. Cada embestida hacía que mis pechos pequeños rebotaran y que mi vagina goteara de forma traicionera.
Después de varios minutos me sacó del culo de un tirón, me giró y me puso de rodillas en el suelo.
Camila: Ahora chúpala. Limpia tu propio culo de mi polla, muñequita.
Me metió el pene todavía caliente y húmedo directamente en la boca. Agarró mis dos coletas con fuerza y empezó a follarme la cara sin piedad, hundiéndose hasta el fondo de mi garganta. Babeaba sin control, tosía y lloriqueaba alrededor de su polla gruesa mientras ella me usaba como un simple agujero.
Camila: Así, tragona… usa esa boquita de princesita para algo útil —se burlaba, dándome cachetadas suaves con la polla en las mejillas cada vez que la sacaba.
Cuando ya estaba al borde, me puso en su regazo Camila: Ahora los dos agujeros, como te mereces.
Volvió a clavarme el pene enorme en el ano mientras presionaba un grueso dildo contra mi vagina. Lo metió de golpe. Estaba completamente llena: el culo abierto por su polla gruesa y el coño estirado por el juguete. Me follaba con fuerza, tirando de mis coletas hacia atrás, obligándome a arquear la espalda como una perra en celo.
Camila: ¿Quién es la princesita ahora, eh? —se reía—. La que siempre quería que la cargara en brazos… ahora solo es una putita rubia con coletas que se deja follar por los dos agujeros.
Mis gemidos aniñados llenaban la habitación mientras ella aceleraba, usando mi cuerpo pequeño y débil sin ninguna piedad.
Finalmente, cuando sintió que iba a correrse, me sacó del culo, me giró de frente y se masturbó furiosamente sobre mi cara.
Camila: Abre la boca, idiota. Saca la lengua.
Obedecí inmediatamente, con lágrimas en los ojos y la cara roja de vergüenza. Gruesos chorros de semen caliente me golpearon la frente, las mejillas, la nariz y la lengua. Parte cayó sobre mis coletas rubias, dejando hilos blancos pegajosos en el pelo.
Me quedé allí de rodillas, con la cara completamente pintada de semen, jadeando con mi voz de niña.
Y entonces, sin poder evitarlo por el comportamiento infantil que se había apoderado de mí… una sonrisa tonta, feliz y avergonzada se dibujó en mis labios llenos de semen.
Mateo:…¿Más, por favor? —pregunté con voz dulce y aniñada, mirándola con ojos brillantes y sumisos.
Camila se quedó mirándome un segundo, todavía respirando agitada, y soltó una carcajada ronca y cruel.
Camila: Joder… sí que te quedó perfecto el lado infantil mío. Mira nada más cómo sonríes con la cara llena de leche.
Se inclinó, me agarró de una coleta pegajosa y me dio un beso brusco en la frente manchada.
Camila: Esto apenas empieza, princesita tonta. Tenemos mucho, mucho tiempo por delante… y pienso usarte todos los días hasta que arreglen este desastre.
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