Carlos (en el cuerpo de su hija Sofía) se bajó del taxi frente a la casa del cliente, con la caja de herramientas colgando de una mano y el corazón latiéndole a mil. Tenía treinta y ocho años, era fontanero de profesión y padre soltero, pero ahora estaba atrapado en el cuerpo de su hija de diecinueve: curvas suaves, tetas firmes, cintura estrecha y unos shorts vaqueros tan cortos que apenas le cubrían el culo. La camiseta rosa ajustada se le pegaba al cuerpo, dejando a la vista el ombligo. Todo por culpa de ese maldito cortocircuito mientras arreglaba la luz en casa. Un chispazo, un grito compartido, y de repente Sofía yacía inconsciente en el cuerpo de su padre, conectada a máquinas en el hospital. El médico había sido claro: la UCI no era barata y el seguro no cubría casi nada.
Carlos se tragó el nudo en la garganta. Necesitaba el dinero ya. Respiró hondo y tocó el timbre.
La puerta se abrió casi al instante. Diego, el cliente, apareció en el marco: alto, musculoso, camiseta gris ceñida que marcaba cada músculo y jeans que se le ajustaban a los muslos. Sonrió al verla y le tendió la mano.
Diego: Buenas tardes. ¿Tú eres la fontanera que mandaron?
Carlos estrechó la mano con firmeza, aunque la palma de Sofía era mucho más pequeña y suave que la suya original.
Carlos: Soy yo. La avería del fregadero de la cocina, ¿verdad? Me dijeron que era urgente.
Diego no preguntó más. Sus ojos recorrieron el cuerpo de la “fontanera” de arriba abajo sin ningún disimulo, deteniéndose un segundo de más en las piernas desnudas y en la camiseta rosa que apenas contenía las tetas.
Diego: Pasa, está todo por aquí.
Carlos lo siguió hasta la cocina, sintiendo la mirada del hombre clavada en su culo mientras caminaba. Se arrodilló frente al mueble bajo el fregadero, abrió las puertas y se tumbó de espaldas exactamente como en la foto del anuncio: piernas abiertas, short vaquero subido hasta casi dejar el borde de las bragas a la vista, brazos estirados hacia las tuberías. El cliente se quedó apoyado en la encimera, muy cerca, observándolo todo.
Durante varios minutos solo se oyó el ruido de las llaves y el goteo del desagüe. Carlos trabajaba concentrado, intentando ignorar la posición tan expuesta en la que estaba el cuerpo de su hija.
Diego: Oye… el presupuesto que me diste por teléfono era bastante justo. ¿Segura de que puedes arreglarlo todo con esa cantidad?
Carlos sintió un frío en el estómago. El hospital cobraba por cada hora de UCI y el dinero que le pagarían por este trabajo normal no alcanzaba ni para cubrir la primera noche completa.
Carlos: No… la verdad es que no me alcanza. Necesito más. Mucho más. Mi… mi familia está pasando por algo grave y el dinero es urgente.
Diego sonrió despacio, como quien acaba de encontrar la oportunidad perfecta. Se agachó un poco para poder mirarlo directamente a los ojos.
Diego: Puedo pagarte el doble de lo que acordamos… si tú me das algo extra a cambio. Algo que los dos vamos a disfrutar.
Carlos cerró los ojos un segundo. Su mente gritaba que no, que él era un hombre heterosexual, padre de familia, pero el cuerpo de Sofía era joven, sensible y estaba desesperado por el dinero. El hospital no esperaba.
Carlos: …Acepto.
Diego no perdió ni un segundo. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Carlos y, sin pedir permiso, le subió la camiseta rosa hasta el cuello. Las tetas perfectas y firmes de Sofía quedaron al aire. Diego se inclinó y las chupó con hambre: primero una, lamiendo el pezón rosado en círculos, luego la otra, mordisqueando suavemente mientras sus manos las apretaban.
Carlos gimió a pesar suyo. El cuerpo de su hija reaccionaba sin que él pudiera controlarlo; los pezones se endurecieron al instante y un calor húmedo empezó a crecer entre sus piernas.
Diego: Joder, qué tetas más ricas tienes, fontanerita…
Después ayudó a Carlos a incorporarse un poco. Le bajó la cremallera de los shorts vaqueros diminutos y se los quitó de un tirón junto con las bragas. Carlos quedó completamente expuesto: el coño depilado y brillante de su hija al aire, ya mojado a pesar de la vergüenza que sentía su mente.
Diego se inclinó y le lamió el clítoris con ganas, metiendo la lengua entre los labios hinchados, chupando y succionando como si estuviera hambriento. Sus manos fuertes sujetaban los muslos suaves de Sofía, manteniéndolos bien abiertos.
Carlos agarró la cabeza de Diego con ambas manos y empujó sus caderas contra su boca, gimiendo fuerte.
Carlos: Joder… sí… así… no pares…
El placer era demasiado intenso. El cuerpo de su hija se retorcía bajo la lengua experta de Diego, pero Carlos seguía siendo consciente de cada segundo: era su hija la que estaba siendo devorada, y él estaba dentro de esa piel, aceptando todo por dinero.
Primero lo puso en vaquera: Carlos se sentó sobre la polla gruesa y dura de Diego, bajando despacio centímetro a centímetro hasta que la tuvo toda dentro. Empezó a cabalgarlo con fuerza, las tetas saltando arriba y abajo, el culo golpeando contra los muslos del cliente con sonidos húmedos y fuertes.
Diego sujetaba sus caderas y dijo entre gemidos:
Diego: Así, muévete más rápido… cabálgame como la puta que eres hoy…
Carlos obedeció, moviéndose más rápido, sintiendo cómo la polla lo llenaba por completo.
Luego Diego lo tumbó boca arriba en el sofá, le levantó una pierna y se la apoyó en su hombro. Lo folló profundo y duro, mirándolo a los ojos mientras entraba y salía con golpes secos y rápidos. Carlos gritaba, las uñas clavadas en la espalda de Diego, el placer recorriéndole todo el cuerpo.
Carlos: Más… más fuerte… por favor…
Diego lo giró como a una muñeca y lo puso en cuatro sobre el sofá. Posición de perrito. Lo penetró desde atrás con brutalidad, una mano en la cadera y la otra tirándole del pelo largo de Sofía. Carlos se corrió por segunda vez, temblando entero, el coño apretando la polla de Diego con fuerza.
Cuando Diego estuvo a punto de correrse, lo sacó de un tirón y lo tiró al suelo de rodillas frente a él.
Diego: Abre la boca.
Carlos abrió la boca como una puta obediente. Diego se corrió con fuerza: chorros espesos y calientes de semen le salpicaron la cara, las tetas, el cuello y el estómago. El cuerpo de Sofía quedó cubierto de leche blanca y pegajosa.
Sin que se lo pidiera, Carlos se inclinó hacia adelante, tomó la polla todavía dura entre sus labios y la chupó hasta la última gota, limpiándola con la lengua mientras el semen le goteaba por el pecho y la barbilla.
Diego jadeaba, completamente satisfecho, acariciándole el pelo.
Diego: Ahora sí que te pago el doble, fontanerita. Y si quieres el triple… mañana mismo vuelves. El fregadero todavía tiene algunos problemas…
Carlos, con la cara y el cuerpo de su hija lleno de semen, solo asintió, lamiéndose los labios lentamente.
Tenía que pagar el hospital.
Y el trabajo, al final, había salido mucho más húmedo, sucio y caro de lo que nadie habría imaginado.
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