viernes, 10 de abril de 2026

Karma

 La máquina del tiempo zumbó por última vez en el laboratorio subterráneo del millonario.

Cientifico: Listo, señor, dijo el científico con una sonrisa que el millonario no supo leer. Un salto directo a la antigüedad. El cuerpo que elegí para usted es… perfecto.

El millonario, arrogante y ansioso por “probar la historia en carne propia”, pulsó el botón.

El mundo se torció.

Y despertó dentro del peor cuerpo posible.

Estaba completamente desnuda.

Su torso ,el torso de una mujer de piel morena y curvas marcadas, se encontraba agachado en una postura humillante: rodillas clavadas en el suelo frío de concreto, espalda arqueada hacia atrás, caderas empujadas hacia arriba. La cabeza girada hacia un lado, mejilla casi rozando el hombro. Un pesado dispositivo metálico, frío y brutal, le sujetaba la cadera y la parte baja de la espalda con correas de cuero grueso que le inmovilizaban por completo la columna y las piernas. No podía enderezarse. No podía cerrarlas. Solo podía temblar.






Frente a ella, a pocos centímetros de su cara, un gran recipiente en forma de bowl ancho estaba lleno hasta el borde de agua helada, montado sobre un soporte alto. El taller era oscuro, paredes de concreto sucio, antorchas parpadeantes y herramientas antiguas colgando de ganchos. Olía a humedad, a hierro y a miedo.

Un hombre entró. Alto, vestido con una túnica raída, un látigo enrollado en la mano. Sonrió al verla despierta.

xxx: Bienvenida de nuevo, esclava ,dijo en una lengua antigua que, sin embargo, ella entendió perfectamente.





Se acercó sin prisa. Con una mano enguantada le separó las nalgas y, sin aviso, le hundió un gancho metálico frío y grueso directamente en el ano. El dolor la hizo jadear. El gancho estaba unido a una cadena que el hombre tensó hacia arriba, obligándola a arquear aún más la espalda, levantándole las caderas en un ángulo imposible. Ahora su cara quedaba exactamente sobre el borde del embudo.






xxx: Así estás mejor, gruñó él.

Agarró su cabello rizado con fuerza y le hundió la cara en el agua. Una, dos, tres, cuatro veces. Cada inmersión era más larga. El agua le entraba por la nariz, le quemaba los pulmones. Cuando la sacaba, ella tosía y escupía, el pecho agitado, los pezones duros por el frío y el terror




.

El hombre soltó una risa baja.

—Buena chica.

Retiró el gancho de un tirón seco. El alivio duró solo un segundo. En su lugar, empujó un grueso dildo de madera pulida y aceitada directamente en su ano, hasta el fondo. Lo movió con rudeza unas cuantas veces, observándola retorcerse en sus ataduras, antes de dejarlo clavado allí, profundo e inmóvil.





Finalmente, dio un paso atrás. Se enrolló el látigo en la cintura y la miró una última vez.

xxx: Voy a regresar con más cosas

Se dio la vuelta y cerró la pesada puerta de madera tras de sí.

El taller quedó en silencio.

Solo quedaba ella: desnuda, arqueada, inmovilizada por el arnés metálico, con el dildo todavía dentro y el agua del embudo goteando de su barbilla. La espalda le ardía. El ano le palpitaba. El cuerpo que ahora era suyo temblaba sin control.




Y comprendió, demasiado tarde, que el científico no había construido una máquina del tiempo y ahora esta cayendo en la locura.

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