miércoles, 1 de abril de 2026

Experimiento fallido

 Desde que teníamos catorce años, éramos la pareja que todos envidiaban.

Yo, Mateo, era un chico grande incluso entonces: 1,92 de altura, hombros anchos, pecho fuerte y manos que parecían capaces de partir troncos. Siempre fui el protector, el que cargaba las mochilas, el que la levantaba en brazos para cruzar charcos. Ahora, con 28 años, seguía siendo un hombre robusto, de voz grave y presencia imponente.

Ella, Camila, era todo lo contrario: una rubia diminuta de apenas 1,55, con cara de muñeca, ojos grandes y una personalidad infantil y juguetona que me volvía loco. Se reía por todo, hacía pucheros cuando no conseguía lo que quería,”. Era dulce, cariñosa y de buen corazón, pero también caprichosa y un poco mimada. Nuestra relación era perfecta: yo la cuidaba como a una princesita y ella me adoraba como su héroe grande y fuerte.

Hasta que el dinero empezó a faltar.

Los trabajos precarios, las deudas acumuladas y el alquiler cada vez más caro nos estaban ahogando. Una noche, mientras cenábamos fideos con salsa de tomate por tercera vez en la semana, vi el anuncio en un grupo de Facebook: “Experimento científico remunerado. Pago inmediato en efectivo. Solo parejas. Confidencialidad garantizada.”

El “científico” era un tipo raro de poca monta que operaba en un local viejo en las afueras. Prometía un procedimiento simple de “optimización hormonal temporal” que supuestamente aumentaría nuestra energía y productividad. El pago era generoso: suficiente para cubrir tres meses de alquiler.

Camila estaba nerviosa. Camila:¿Y si sale mal, Mateo? Mateo: Solo es un experimento tonto —le dije, abrazándola—. Somos jóvenes y sanos. En el peor caso, nos devuelven el dinero y ya. Además… ¿no quieres que dejemos de comer fideos todos los días?

Terminó aceptando porque confiaba ciegamente en mí.

El laboratorio era un desastre: tubos fluorescentes parpadeantes, cables sueltos y un olor extraño a productos químicos baratos. El científico, un hombrecillo calvo y sudoroso, nos inyectó unos sueros de colores y nos pidió que nos recostáramos. “Relájense, será rápido”, dijo.

No fue rápido.

Cuando despertamos, estabamos en casa, todo había salido terriblemente mal.

Yo ya no era el hombre grande y fuerte.

Ahora medía poco más de 1,52. Mi cuerpo era pequeño, delicado y suave. Tenía pechos pequeños pero visibles, caderas ligeramente anchas y, entre las piernas, una vagina rosada y sensible en lugar de mi pene. Mi cabello rubio había crecido de golpe hasta los hombros y, sin que pudiera controlarlo, me había hecho dos coletas altas con los mismos lazos rosados que Camila solía usar. Mi voz salía aguda, infantil, casi como la de una niñita caprichosa. Peor aún: los gestos y comportamientos aniñados de Camila se habían transferido a mí. No podía evitar hacer pucheros, hablar con tono mimoso o balancearme nerviosamente de un pie a otro.

Camila, por su parte, estaba dentro de mi antiguo cuerpo… pero peor.

Medía 1,92, con músculos marcados, hombros anchos y una presencia imponente. Entre sus piernas colgaba un pene mucho más grande y grueso de lo que jamás había sido el mío, hinchado y pesado por la testosterona descontrolada. Su postura había cambiado por completo: piernas abiertas, espalda recta, mirada arrogante. La dulzura infantil que la caracterizaba había desaparecido, reemplazada por una dominante y cabreada que me intimidaba.

Se miró al espejo y luego me miró a mí.

Camila: ¿Qué carajos es esto? —rugió con mi antigua voz grave, señalándome con furia—. ¡Mírate! ¡Pareces una putita rubia de caricatura!

Me miré las manos pequeñas, las coletas, y sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas sin poder evitarlo.

Mateo: Lo… lo siento, Camilita… —dije con voz aguda y temblorosa, haciendo un puchero infantil.

Camila: ¡No me llames Camilita! —gritó, acercándose con pasos pesados. Su pene ya empezaba a endurecerse solo por la rabia—. ¡Esto es tu culpa! ¡Tú me convenciste de venir a este circo de mierda! ¡Ahora tenemos que esperar semanas, tal vez meses, hasta que ese imbécil encuentre cómo revertirlo!

Se detuvo frente a mí, mirándome desde arriba. Su polla grande y gruesa estaba ya casi completamente erecta.

Camila: Y mientras tanto… vas a pagar por esto, princesita.

No me dio tiempo a suplicar.

Me agarró de las coletas con fuerza y me empujó contra el viejo sofá sucio. Me quito toda la ropa de un movimiento y me separó las nalgas sin piedad.

Camila: Primero voy a destrozarte ese culito virgen que ahora tienes.

Escupió grueso sobre mi ano fruncido y presionó la cabeza gruesa de su pene. Empujó con fuerza. Grité con mi voz aniñada cuando el grosor me abrió de golpe. Era mucho más grande que antes. Sentí cómo me estiraba dolorosamente mientras ella empezaba a follarme con embestidas brutales y profundas.




Camila: Joder… qué apretado está… —gruñó, tirando de mis coletas como riendas—. ¿Te gusta, bebita? ¿Te gusta que tu “heroe grande” te folle el culo como una perrita?

Lloriqueaba y gemía como una niña, las lágrimas corriendo por mis mejillas mientras ella me sodomizaba sin compasión. Cada embestida hacía que mis pechos pequeños rebotaran y que mi vagina goteara de forma traicionera.




Después de varios minutos me sacó del culo de un tirón, me giró y me puso de rodillas en el suelo.

Camila: Ahora chúpala. Limpia tu propio culo de mi polla, muñequita.

Me metió el pene todavía caliente y húmedo directamente en la boca. Agarró mis dos coletas con fuerza y empezó a follarme la cara sin piedad, hundiéndose hasta el fondo de mi garganta. Babeaba sin control, tosía y lloriqueaba alrededor de su polla gruesa mientras ella me usaba como un simple agujero.




Camila: Así, tragona… usa esa boquita de princesita para algo útil —se burlaba, dándome cachetadas suaves con la polla en las mejillas cada vez que la sacaba.

Cuando ya estaba al borde, me puso en su regazo Camila: Ahora los dos agujeros, como te mereces.

Volvió a clavarme el pene enorme en el ano mientras presionaba un grueso dildo contra mi vagina. Lo metió de golpe. Estaba completamente llena: el culo abierto por su polla gruesa y el coño estirado por el juguete. Me follaba con fuerza, tirando de mis coletas hacia atrás, obligándome a arquear la espalda como una perra en celo.




Camila: ¿Quién es la princesita ahora, eh? —se reía—. La que siempre quería que la cargara en brazos… ahora solo es una putita rubia con coletas que se deja follar por los dos agujeros.

Mis gemidos aniñados llenaban la habitación mientras ella aceleraba, usando mi cuerpo pequeño y débil sin ninguna piedad.

Finalmente, cuando sintió que iba a correrse, me sacó del culo, me giró de frente y se masturbó furiosamente sobre mi cara.

Camila: Abre la boca, idiota. Saca la lengua.

Obedecí inmediatamente, con lágrimas en los ojos y la cara roja de vergüenza. Gruesos chorros de semen caliente me golpearon la frente, las mejillas, la nariz y la lengua. Parte cayó sobre mis coletas rubias, dejando hilos blancos pegajosos en el pelo.

Me quedé allí de rodillas, con la cara completamente pintada de semen, jadeando con mi voz de niña.


Y entonces, sin poder evitarlo por el comportamiento infantil que se había apoderado de mí… una sonrisa tonta, feliz y avergonzada se dibujó en mis labios llenos de semen.

Mateo:…¿Más, por favor? —pregunté con voz dulce y aniñada, mirándola con ojos brillantes y sumisos.




Camila se quedó mirándome un segundo, todavía respirando agitada, y soltó una carcajada ronca y cruel.

Camila: Joder… sí que te quedó perfecto el lado infantil mío. Mira nada más cómo sonríes con la cara llena de leche.

Se inclinó, me agarró de una coleta pegajosa y me dio un beso brusco en la frente manchada.

Camila: Esto apenas empieza, princesita tonta. Tenemos mucho, mucho tiempo por delante… y pienso usarte todos los días hasta que arreglen este desastre.

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