lunes, 13 de abril de 2026

Incidente con mi hija

 Carlos (en el cuerpo de su hija Sofía) se bajó del taxi frente a la casa del cliente, con la caja de herramientas colgando de una mano y el corazón latiéndole a mil. Tenía treinta y ocho años, era fontanero de profesión y padre soltero, pero ahora estaba atrapado en el cuerpo de su hija de diecinueve: curvas suaves, tetas firmes, cintura estrecha y unos shorts vaqueros tan cortos que apenas le cubrían el culo. La camiseta rosa ajustada se le pegaba al cuerpo, dejando a la vista el ombligo. Todo por culpa de ese maldito cortocircuito mientras arreglaba la luz en casa. Un chispazo, un grito compartido, y de repente Sofía yacía inconsciente en el cuerpo de su padre, conectada a máquinas en el hospital. El médico había sido claro: la UCI no era barata y el seguro no cubría casi nada.

Carlos se tragó el nudo en la garganta. Necesitaba el dinero ya. Respiró hondo y tocó el timbre.

La puerta se abrió casi al instante. Diego, el cliente, apareció en el marco: alto, musculoso, camiseta gris ceñida que marcaba cada músculo y jeans que se le ajustaban a los muslos. Sonrió al verla y le tendió la mano.

Diego: Buenas tardes. ¿Tú eres la fontanera que mandaron?

Carlos estrechó la mano con firmeza, aunque la palma de Sofía era mucho más pequeña y suave que la suya original.

Carlos: Soy yo. La avería del fregadero de la cocina, ¿verdad? Me dijeron que era urgente.

Diego no preguntó más. Sus ojos recorrieron el cuerpo de la “fontanera” de arriba abajo sin ningún disimulo, deteniéndose un segundo de más en las piernas desnudas y en la camiseta rosa que apenas contenía las tetas.

Diego: Pasa, está todo por aquí.

Carlos lo siguió hasta la cocina, sintiendo la mirada del hombre clavada en su culo mientras caminaba. Se arrodilló frente al mueble bajo el fregadero, abrió las puertas y se tumbó de espaldas exactamente como en la foto del anuncio: piernas abiertas, short vaquero subido hasta casi dejar el borde de las bragas a la vista, brazos estirados hacia las tuberías. El cliente se quedó apoyado en la encimera, muy cerca, observándolo todo.

Durante varios minutos solo se oyó el ruido de las llaves y el goteo del desagüe. Carlos trabajaba concentrado, intentando ignorar la posición tan expuesta en la que estaba el cuerpo de su hija.

Diego: Oye… el presupuesto que me diste por teléfono era bastante justo. ¿Segura de que puedes arreglarlo todo con esa cantidad?

Carlos sintió un frío en el estómago. El hospital cobraba por cada hora de UCI y el dinero que le pagarían por este trabajo normal no alcanzaba ni para cubrir la primera noche completa.

Carlos: No… la verdad es que no me alcanza. Necesito más. Mucho más. Mi… mi familia está pasando por algo grave y el dinero es urgente.

Diego sonrió despacio, como quien acaba de encontrar la oportunidad perfecta. Se agachó un poco para poder mirarlo directamente a los ojos.

Diego: Puedo pagarte el doble de lo que acordamos… si tú me das algo extra a cambio. Algo que los dos vamos a disfrutar.

Carlos cerró los ojos un segundo. Su mente gritaba que no, que él era un hombre heterosexual, padre de familia, pero el cuerpo de Sofía era joven, sensible y estaba desesperado por el dinero. El hospital no esperaba.

Carlos: …Acepto.

Diego no perdió ni un segundo. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Carlos y, sin pedir permiso, le subió la camiseta rosa hasta el cuello. Las tetas perfectas y firmes de Sofía quedaron al aire. Diego se inclinó y las chupó con hambre: primero una, lamiendo el pezón rosado en círculos, luego la otra, mordisqueando suavemente mientras sus manos las apretaban.

Carlos gimió a pesar suyo. El cuerpo de su hija reaccionaba sin que él pudiera controlarlo; los pezones se endurecieron al instante y un calor húmedo empezó a crecer entre sus piernas.

Diego: Joder, qué tetas más ricas tienes, fontanerita…

Después ayudó a Carlos a incorporarse un poco. Le bajó la cremallera de los shorts vaqueros diminutos y se los quitó de un tirón junto con las bragas. Carlos quedó completamente expuesto: el coño depilado y brillante de su hija al aire, ya mojado a pesar de la vergüenza que sentía su mente.

Diego se inclinó y le lamió el clítoris con ganas, metiendo la lengua entre los labios hinchados, chupando y succionando como si estuviera hambriento. Sus manos fuertes sujetaban los muslos suaves de Sofía, manteniéndolos bien abiertos.

Carlos agarró la cabeza de Diego con ambas manos y empujó sus caderas contra su boca, gimiendo fuerte.

Carlos: Joder… sí… así… no pares…

El placer era demasiado intenso. El cuerpo de su hija se retorcía bajo la lengua experta de Diego, pero Carlos seguía siendo consciente de cada segundo: era su hija la que estaba siendo devorada, y él estaba dentro de esa piel, aceptando todo por dinero.

Primero lo puso en vaquera: Carlos se sentó sobre la polla gruesa y dura de Diego, bajando despacio centímetro a centímetro hasta que la tuvo toda dentro. Empezó a cabalgarlo con fuerza, las tetas saltando arriba y abajo, el culo golpeando contra los muslos del cliente con sonidos húmedos y fuertes.


Diego sujetaba sus caderas y dijo entre gemidos:

Diego: Así, muévete más rápido… cabálgame como la puta que eres hoy…

Carlos obedeció, moviéndose más rápido, sintiendo cómo la polla lo llenaba por completo.

Luego Diego lo tumbó boca arriba en el sofá, le levantó una pierna y se la apoyó en su hombro. Lo folló profundo y duro, mirándolo a los ojos mientras entraba y salía con golpes secos y rápidos. Carlos gritaba, las uñas clavadas en la espalda de Diego, el placer recorriéndole todo el cuerpo.

Carlos: Más… más fuerte… por favor…

Diego lo giró como a una muñeca y lo puso en cuatro sobre el sofá. Posición de perrito. Lo penetró desde atrás con brutalidad, una mano en la cadera y la otra tirándole del pelo largo de Sofía. Carlos se corrió por segunda vez, temblando entero, el coño apretando la polla de Diego con fuerza.

Cuando Diego estuvo a punto de correrse, lo sacó de un tirón y lo tiró al suelo de rodillas frente a él.

Diego: Abre la boca.

Carlos abrió la boca como una puta obediente. Diego se corrió con fuerza: chorros espesos y calientes de semen le salpicaron la cara, las tetas, el cuello y el estómago. El cuerpo de Sofía quedó cubierto de leche blanca y pegajosa.

Sin que se lo pidiera, Carlos se inclinó hacia adelante, tomó la polla todavía dura entre sus labios y la chupó hasta la última gota, limpiándola con la lengua mientras el semen le goteaba por el pecho y la barbilla.

Diego jadeaba, completamente satisfecho, acariciándole el pelo.

Diego: Ahora sí que te pago el doble, fontanerita. Y si quieres el triple… mañana mismo vuelves. El fregadero todavía tiene algunos problemas…

Carlos, con la cara y el cuerpo de su hija lleno de semen, solo asintió, lamiéndose los labios lentamente.

Tenía que pagar el hospital.

Y el trabajo, al final, había salido mucho más húmedo, sucio y caro de lo que nadie habría imaginado.

viernes, 10 de abril de 2026

Karma

 La máquina del tiempo zumbó por última vez en el laboratorio subterráneo del millonario.

Cientifico: Listo, señor, dijo el científico con una sonrisa que el millonario no supo leer. Un salto directo a la antigüedad. El cuerpo que elegí para usted es… perfecto.

El millonario, arrogante y ansioso por “probar la historia en carne propia”, pulsó el botón.

El mundo se torció.

Y despertó dentro del peor cuerpo posible.

Estaba completamente desnuda.

Su torso ,el torso de una mujer de piel morena y curvas marcadas, se encontraba agachado en una postura humillante: rodillas clavadas en el suelo frío de concreto, espalda arqueada hacia atrás, caderas empujadas hacia arriba. La cabeza girada hacia un lado, mejilla casi rozando el hombro. Un pesado dispositivo metálico, frío y brutal, le sujetaba la cadera y la parte baja de la espalda con correas de cuero grueso que le inmovilizaban por completo la columna y las piernas. No podía enderezarse. No podía cerrarlas. Solo podía temblar.






Frente a ella, a pocos centímetros de su cara, un gran recipiente en forma de bowl ancho estaba lleno hasta el borde de agua helada, montado sobre un soporte alto. El taller era oscuro, paredes de concreto sucio, antorchas parpadeantes y herramientas antiguas colgando de ganchos. Olía a humedad, a hierro y a miedo.

Un hombre entró. Alto, vestido con una túnica raída, un látigo enrollado en la mano. Sonrió al verla despierta.

xxx: Bienvenida de nuevo, esclava ,dijo en una lengua antigua que, sin embargo, ella entendió perfectamente.





Se acercó sin prisa. Con una mano enguantada le separó las nalgas y, sin aviso, le hundió un gancho metálico frío y grueso directamente en el ano. El dolor la hizo jadear. El gancho estaba unido a una cadena que el hombre tensó hacia arriba, obligándola a arquear aún más la espalda, levantándole las caderas en un ángulo imposible. Ahora su cara quedaba exactamente sobre el borde del embudo.






xxx: Así estás mejor, gruñó él.

Agarró su cabello rizado con fuerza y le hundió la cara en el agua. Una, dos, tres, cuatro veces. Cada inmersión era más larga. El agua le entraba por la nariz, le quemaba los pulmones. Cuando la sacaba, ella tosía y escupía, el pecho agitado, los pezones duros por el frío y el terror




.

El hombre soltó una risa baja.

—Buena chica.

Retiró el gancho de un tirón seco. El alivio duró solo un segundo. En su lugar, empujó un grueso dildo de madera pulida y aceitada directamente en su ano, hasta el fondo. Lo movió con rudeza unas cuantas veces, observándola retorcerse en sus ataduras, antes de dejarlo clavado allí, profundo e inmóvil.





Finalmente, dio un paso atrás. Se enrolló el látigo en la cintura y la miró una última vez.

xxx: Voy a regresar con más cosas

Se dio la vuelta y cerró la pesada puerta de madera tras de sí.

El taller quedó en silencio.

Solo quedaba ella: desnuda, arqueada, inmovilizada por el arnés metálico, con el dildo todavía dentro y el agua del embudo goteando de su barbilla. La espalda le ardía. El ano le palpitaba. El cuerpo que ahora era suyo temblaba sin control.




Y comprendió, demasiado tarde, que el científico no había construido una máquina del tiempo y ahora esta cayendo en la locura.

Hija de puta.....

Para no dejar morir el blog por la universidad





La casa de los padres de Aisha estaba en silencio. Demasiado silencio.

Carlos, atrapado en el cuerpo de Aisha desde hacía exactamente siete días, estaba completamente desnuda frente a la ventana del salón. Abrazaba con fuerza una almohada contra sus pechos, como si pudiera esconder la realidad de esa piel oscura, esos pezones oscuros y esa figura que ya no podía ignorar. El cristal frío le devolvía el reflejo borroso de una mujer negra, ojos grandes y asustados que miraban hacia la calle vacía. Esperaba. Esperaba ver el auto de su familia aparecer en cualquier momento.

No sabía nada. Desde el instante en que su hija pronunció el hechizo y todo cambió, lo habían dejado aquí, en la casa de los padres de Aisha. “Para que vivas la experiencia completa”, le había dicho Sofía con una sonrisa que no olvidaría jamás. Los padres de Aisha estaban de viaje desde hacía días; no había nadie más. Ni una llamada de Laura. Ni un mensaje de su hija. Solo silencio y el peso de un cuerpo que no era suyo.


Carlos: Hija de puta… murmuró con la voz suave y melodiosa de Aisha. Ya pasó la semana. El hechizo se tenía que romper hoy.

Miró el reloj de la pared por enésima vez. Las 19:45. Su esposa, Laura, y su hija, Sofía, habían prometido volver a buscarlo antes de las seis. Ni una llamada. Ni un mensaje.

Carlos se apretó más contra la almohada, sintiendo el roce extraño de su propia piel desnuda contra la tela. El teléfono vibró sobre la mesa. Lo agarró con dedos temblorosos.

Un mensaje de Sofía.

-Papá , cambiamos de planes. Mamá, Aisha y yo nos fuimos a la cabaña del lago. Necesitábamos “tiempo de chicas”. Ya sabes, para que Aisha pruebe cómo es ser el jefe de familia por unos días más.

P.D.: No te preocupes, el hechizo se mantiene hasta que nosotras decidamos. Aisha dice que le encanta tu cuerpo. Dice que nunca había tenido tanto espacio en la cama. Y que tu billetera es divina.

Nos vemos en una semanita más… o dos.

Te queremos 💕»

Carlos se quedó mirando la pantalla. La mano le temblaba tanto que casi se le cayó el teléfono. ¿La cabaña del lago? ¿Aisha en su cuerpo? ¿Su familia… de vacaciones con él mismo?


jueves, 2 de abril de 2026

Cambio unversal #1

 Diego: ¿Qué… qué mierda es esto?

Laura: ¡Dios mío, Roberto! ¡Mírame!

La voz grave y ronca que salió de la boca de mi esposa me heló la sangre. Nos habíamos acostado como siempre en nuestra casita de madera al final del camino polvoriento de Willow Creek, un pueblo perdido en las afueras de Texas. Yo, Diego, mecánico del único taller del lugar; ella, Laura, profesora de historia en la pequeña escuela del pueblo. Nuestros dos hijos ya se habían ido a la universidad en Houston y nosotros nos habíamos quedado aquí, disfrutando de la tranquilidad que tanto nos gustaba.

Pero esa noche todo cambió.

Un destello blanco nos despertó al mismo tiempo. Cuando abrí los ojos, mi cuerpo ya no era el mío. Miré hacia abajo y vi dos tetas grandes, firmes y redondas que subían y bajaban con mi respiración agitada. Tenía una cintura estrecha, caderas anchas y, entre las piernas, un coño completamente depilado y ya húmedo. El pelo largo y rubio me caía sobre los hombros desnudos. Era el cuerpo de una universitaria de unos veintidós años, cachonda y perfecta.

A mi lado, Laura se incorporó con un grito ahogado. Ahora era un hombre negro enorme, de casi dos metros, músculos marcados, tatuajes que le cubrían el cuello, los brazos y el pecho. Llevaba puesto solo un bóxer que apenas contenía una polla gruesa y pesada que ya empezaba a endurecerse. Su cara era dura, con barba corta y ojos oscuros que me miraban con la misma confusión que yo sentía.

Diego: Laura… eres… eres un… Laura: Y tú eres una puta universitaria. Joder, Diego, ¿qué nos pasó?

Nos pasamos las siguientes horas pegados al teléfono. El gobierno contestó al tercer intento. El gran cambio, nos dijeron. No sabían cuánto tardarían en revertirlo. Semanas, quizás meses. Mientras tanto, teníamos que seguir viviendo. “Apóyense el uno al otro”, fue el consejo oficial.

Laura: Está bien… vamos a hacer esto juntos, cariño. Yo… yo voy a intentar ser el hombre ahora. Y tú… tendrás que aprender a ser la mujer. Diego: No me jodas, Laura. Esto es temporal. Solo… solo aguantamos hasta que lo arreglen.

Al día siguiente me tocó abrir el taller. El sol de Texas pegaba como un martillo. Me puse el vestido veraniego más corto que encontré en el armario: tela fina, escote profundo y apenas me llegaba a la mitad del muslo. Las tetas se me marcaban descaradamente. Laura se quedó en casa, intentando acostumbrarse a su nuevo cuerpo de gangster.

No vino nadie al taller en toda la mañana. El calor era insoportable y el cuerpo hormonal no ayudaba.

Diego: Mierda… solo… solo un poco…





Me metí la mano derecha dentro de las bragas. Dos dedos se deslizaron entre mis labios mojados y gemí alto. El coño estaba empapado. Empecé a frotarme el clítoris en círculos rápidos, pellizcándome un pezón con la otra mano. El placer era ridículamente intenso.

No aguanté más, temblando. Me quité el vestido por la cabeza y lo tiré al suelo. Las bragas siguieron el mismo camino, enredadas entre mis tobillos. Me subí al capó del viejo auto rojo que siempre arreglaba yo mismo. El metal caliente me quemó el culo desnudo.




Abrí las piernas todo lo que pude, los pies descalzos apoyados en el parachoques, y me posé ahí como una zorra en exhibición. El sol me daba directo en las tetas y en el coño abierto.

Metí dos dedos otra vez, más profundo, follándome a mí misma mientras gemía sin control. Mi jugo chorreaba sobre el capó brillante.




Diego: Ahhh… joder… qué rico…

Estaba tan perdida en el placer que no escuché el motor de la camioneta hasta que se apagó.

Laura: ¿Pero qué carajo, Diego?

Mi esposa —ahora él— estaba parada a unos metros, con esa sonrisa arrogante en su cara oscura y tatuada. Llevaba unos shorts de playa y con el pecho descubierto

Laura: Mira nada más… la putita cachonda no puede esperar ni un puto día. Diego: Laura… no es… no es lo que parece…

Ella se acercó despacio, como un depredador. Me agarró las muñecas con una sola mano enorme y me abrió más las piernas.

Laura: Cállate, nena. Vas a aprender a ser mujer de verdad hoy mismo.

Se arrodilló entre mis muslos y me lamió toda la vagina de un solo lengüetazo largo y caliente. Grité. Su lengua gruesa y experta me recorrió los labios, el clítoris, y se metió dentro de mí como si quisiera tragarme entera. Me comió con hambre, chupando y mordisqueando mientras sus manos grandes me apretaban los muslos con fuerza.



Diego: ¡Laura! ¡Me vengo! ¡Me vengo!

Me corrí como una loca, chorros de jugo saliendo de mi coño y cayendo sobre su barbilla. Temblaba entera.

Laura: Buena chica… ahora me toca a mí. Mamada.

Me bajó del capó y me puso de rodillas sobre el cemento caliente. Sacó esa polla negra, gruesa, venosa y ya completamente dura. Me agarró del pelo rubio con fuerza y me la metió hasta el fondo de la garganta.

Laura: Chúpala bien, Diego. Así… como una buena putita.





Me folló la boca sin piedad, babeando y ahogándome. Yo solo podía gemir alrededor de su polla.

Cuando la sacó, brillante de saliva, me levantó como si no pesara nada y me tiró otra vez sobre el capó. Me abrió las piernas Rozó la cabeza gruesa de su polla contra mi coño empapado, burlándose.




Laura: ¿Quieres que te folle, verdad? Dilo, Diego. Di que quieres mi polla. Diego: Por favor… Laura… métemela… ya no aguanto…

Laura: Jajaja… patético.

Me penetró de un solo golpe brutal. Grité de placer y dolor. Me folló fuerte, profundo, el capó crujiendo bajo nosotros. Cada embestida hacía rebotar mis tetas. Me corrí otra vez, apretando su polla con mi coño.

Laura: Eso es… córrete para tu marido, puta.

Me volteó como a una muñeca. Pecho contra el capó caliente, culo en pompa. Me penetró de nuevo por detrás, agarrándome las nalgas con fuerza, follándome como un animal. Me dio nalgadas mientras me corría por tercera vez, lloriqueando.




Laura: Vamos adentro. Quiero follarte como Dios manda.

Me llevó al salón de la casa casi en brazos. Se sentó en el sofá grande y me jaló encima de él. Me obligó a montarlo cara a cara, sus manos en mi culo.

Laura: Mírame a los ojos mientras me cabalgas, Diego. Quiero ver cómo te rompes.




Lo miré. Esos ojos oscuros, esa cara de gangster. Me follaba desde abajo con embestidas brutales, obligándome a moverme encima de él. Me corrí otra vez, gimiendo su nombre.

Laura: No eres un hombre, Diego. Ya nunca lo serás. A partir de ahora solo vas a ser una buena mujer. Mi mujer. ¿Entendido? Diego: Sí… Laura… soy tu mujer…




Me llevó al cuarto. Me puso en cuatro sobre la cama. Me folló brutalmente. Me corrí tan fuerte que casi me desmayo.






Finalmente me bajó al suelo, de rodillas sobre la alfombra suave. Me metió la polla en la boca otra vez.

Laura: Abre bien esa boquita, nena.

Se corrió con un gruñido profundo y animal, llenándome la boca de leche caliente y espesa. Tragué todo, mirándolo desde abajo con los ojos llorosos.

Cuando terminó, me quedé ahí, desnuda, con el coño palpitando, las tetas marcadas por sus manos y la boca llena de su sabor. Lo miré… y sonreí. Una sonrisa patética, rota, completamente rendida.





Diego: Está bien, Laura… seré tu mujer. Solo tuya. Para siempre.

Laura: Esa es mi chica. Bienvenida a tu nueva vida, putita.

miércoles, 1 de abril de 2026

Experimiento fallido

 Desde que teníamos catorce años, éramos la pareja que todos envidiaban.

Yo, Mateo, era un chico grande incluso entonces: 1,92 de altura, hombros anchos, pecho fuerte y manos que parecían capaces de partir troncos. Siempre fui el protector, el que cargaba las mochilas, el que la levantaba en brazos para cruzar charcos. Ahora, con 28 años, seguía siendo un hombre robusto, de voz grave y presencia imponente.

Ella, Camila, era todo lo contrario: una rubia diminuta de apenas 1,55, con cara de muñeca, ojos grandes y una personalidad infantil y juguetona que me volvía loco. Se reía por todo, hacía pucheros cuando no conseguía lo que quería,”. Era dulce, cariñosa y de buen corazón, pero también caprichosa y un poco mimada. Nuestra relación era perfecta: yo la cuidaba como a una princesita y ella me adoraba como su héroe grande y fuerte.

Hasta que el dinero empezó a faltar.

Los trabajos precarios, las deudas acumuladas y el alquiler cada vez más caro nos estaban ahogando. Una noche, mientras cenábamos fideos con salsa de tomate por tercera vez en la semana, vi el anuncio en un grupo de Facebook: “Experimento científico remunerado. Pago inmediato en efectivo. Solo parejas. Confidencialidad garantizada.”

El “científico” era un tipo raro de poca monta que operaba en un local viejo en las afueras. Prometía un procedimiento simple de “optimización hormonal temporal” que supuestamente aumentaría nuestra energía y productividad. El pago era generoso: suficiente para cubrir tres meses de alquiler.

Camila estaba nerviosa. Camila:¿Y si sale mal, Mateo? Mateo: Solo es un experimento tonto —le dije, abrazándola—. Somos jóvenes y sanos. En el peor caso, nos devuelven el dinero y ya. Además… ¿no quieres que dejemos de comer fideos todos los días?

Terminó aceptando porque confiaba ciegamente en mí.

El laboratorio era un desastre: tubos fluorescentes parpadeantes, cables sueltos y un olor extraño a productos químicos baratos. El científico, un hombrecillo calvo y sudoroso, nos inyectó unos sueros de colores y nos pidió que nos recostáramos. “Relájense, será rápido”, dijo.

No fue rápido.

Cuando despertamos, estabamos en casa, todo había salido terriblemente mal.

Yo ya no era el hombre grande y fuerte.

Ahora medía poco más de 1,52. Mi cuerpo era pequeño, delicado y suave. Tenía pechos pequeños pero visibles, caderas ligeramente anchas y, entre las piernas, una vagina rosada y sensible en lugar de mi pene. Mi cabello rubio había crecido de golpe hasta los hombros y, sin que pudiera controlarlo, me había hecho dos coletas altas con los mismos lazos rosados que Camila solía usar. Mi voz salía aguda, infantil, casi como la de una niñita caprichosa. Peor aún: los gestos y comportamientos aniñados de Camila se habían transferido a mí. No podía evitar hacer pucheros, hablar con tono mimoso o balancearme nerviosamente de un pie a otro.

Camila, por su parte, estaba dentro de mi antiguo cuerpo… pero peor.

Medía 1,92, con músculos marcados, hombros anchos y una presencia imponente. Entre sus piernas colgaba un pene mucho más grande y grueso de lo que jamás había sido el mío, hinchado y pesado por la testosterona descontrolada. Su postura había cambiado por completo: piernas abiertas, espalda recta, mirada arrogante. La dulzura infantil que la caracterizaba había desaparecido, reemplazada por una dominante y cabreada que me intimidaba.

Se miró al espejo y luego me miró a mí.

Camila: ¿Qué carajos es esto? —rugió con mi antigua voz grave, señalándome con furia—. ¡Mírate! ¡Pareces una putita rubia de caricatura!

Me miré las manos pequeñas, las coletas, y sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas sin poder evitarlo.

Mateo: Lo… lo siento, Camilita… —dije con voz aguda y temblorosa, haciendo un puchero infantil.

Camila: ¡No me llames Camilita! —gritó, acercándose con pasos pesados. Su pene ya empezaba a endurecerse solo por la rabia—. ¡Esto es tu culpa! ¡Tú me convenciste de venir a este circo de mierda! ¡Ahora tenemos que esperar semanas, tal vez meses, hasta que ese imbécil encuentre cómo revertirlo!

Se detuvo frente a mí, mirándome desde arriba. Su polla grande y gruesa estaba ya casi completamente erecta.

Camila: Y mientras tanto… vas a pagar por esto, princesita.

No me dio tiempo a suplicar.

Me agarró de las coletas con fuerza y me empujó contra el viejo sofá sucio. Me quito toda la ropa de un movimiento y me separó las nalgas sin piedad.

Camila: Primero voy a destrozarte ese culito virgen que ahora tienes.

Escupió grueso sobre mi ano fruncido y presionó la cabeza gruesa de su pene. Empujó con fuerza. Grité con mi voz aniñada cuando el grosor me abrió de golpe. Era mucho más grande que antes. Sentí cómo me estiraba dolorosamente mientras ella empezaba a follarme con embestidas brutales y profundas.




Camila: Joder… qué apretado está… —gruñó, tirando de mis coletas como riendas—. ¿Te gusta, bebita? ¿Te gusta que tu “heroe grande” te folle el culo como una perrita?

Lloriqueaba y gemía como una niña, las lágrimas corriendo por mis mejillas mientras ella me sodomizaba sin compasión. Cada embestida hacía que mis pechos pequeños rebotaran y que mi vagina goteara de forma traicionera.




Después de varios minutos me sacó del culo de un tirón, me giró y me puso de rodillas en el suelo.

Camila: Ahora chúpala. Limpia tu propio culo de mi polla, muñequita.

Me metió el pene todavía caliente y húmedo directamente en la boca. Agarró mis dos coletas con fuerza y empezó a follarme la cara sin piedad, hundiéndose hasta el fondo de mi garganta. Babeaba sin control, tosía y lloriqueaba alrededor de su polla gruesa mientras ella me usaba como un simple agujero.




Camila: Así, tragona… usa esa boquita de princesita para algo útil —se burlaba, dándome cachetadas suaves con la polla en las mejillas cada vez que la sacaba.

Cuando ya estaba al borde, me puso en su regazo Camila: Ahora los dos agujeros, como te mereces.

Volvió a clavarme el pene enorme en el ano mientras presionaba un grueso dildo contra mi vagina. Lo metió de golpe. Estaba completamente llena: el culo abierto por su polla gruesa y el coño estirado por el juguete. Me follaba con fuerza, tirando de mis coletas hacia atrás, obligándome a arquear la espalda como una perra en celo.




Camila: ¿Quién es la princesita ahora, eh? —se reía—. La que siempre quería que la cargara en brazos… ahora solo es una putita rubia con coletas que se deja follar por los dos agujeros.

Mis gemidos aniñados llenaban la habitación mientras ella aceleraba, usando mi cuerpo pequeño y débil sin ninguna piedad.

Finalmente, cuando sintió que iba a correrse, me sacó del culo, me giró de frente y se masturbó furiosamente sobre mi cara.

Camila: Abre la boca, idiota. Saca la lengua.

Obedecí inmediatamente, con lágrimas en los ojos y la cara roja de vergüenza. Gruesos chorros de semen caliente me golpearon la frente, las mejillas, la nariz y la lengua. Parte cayó sobre mis coletas rubias, dejando hilos blancos pegajosos en el pelo.

Me quedé allí de rodillas, con la cara completamente pintada de semen, jadeando con mi voz de niña.


Y entonces, sin poder evitarlo por el comportamiento infantil que se había apoderado de mí… una sonrisa tonta, feliz y avergonzada se dibujó en mis labios llenos de semen.

Mateo:…¿Más, por favor? —pregunté con voz dulce y aniñada, mirándola con ojos brillantes y sumisos.




Camila se quedó mirándome un segundo, todavía respirando agitada, y soltó una carcajada ronca y cruel.

Camila: Joder… sí que te quedó perfecto el lado infantil mío. Mira nada más cómo sonríes con la cara llena de leche.

Se inclinó, me agarró de una coleta pegajosa y me dio un beso brusco en la frente manchada.

Camila: Esto apenas empieza, princesita tonta. Tenemos mucho, mucho tiempo por delante… y pienso usarte todos los días hasta que arreglen este desastre.

Incidente con mi hija

  Carlos (en el cuerpo de su hija Sofía) se bajó del taxi frente a la casa del cliente, con la caja de herramientas colgando de una mano y e...

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