Advertencia
Historia muy oscura y asquerosa.
Tiene cambio con animales, coprofilia (heces) y muerte
Historia inspirada por una historia de reddit y con algunos promt míos para que grok haga la historia final
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El calor era una cosa viva. Se pegaba al pelaje corto, se metía entre las patas, me obligaba a jadear con la lengua fuera aunque yo no quisiera. El maletero olía a goma caliente, a gasolina vieja y a algo más reciente: semen seco y el perfume barato que yo usaba antes. Ese olor me atravesaba el hocico cada vez que el coche frenaba. Intenté ladrar. El sonido salió agudo, de cachorro asustado. Nadie lo oyó por encima de la música.
Hace cuatro meses yo era una chica, tenía nombre, manos y una voz que la gente escuchaba. Ahora pesaba tres kilos y medio, tenía las patas cortas y el mundo me quedaba demasiado grande.
El gran cambio cayó un martes. Nadie avisó. Un día me desperté cerca del suelo, viendo todo desde abajo, y supe de inmediato que el cuerpo era el de Luna, la perrita joven y pequeña que él había adoptado hace meses. Chihuahua mestiza, orejas grandes, hocico puntiagudo, todavía con cara de cachorra aunque ya tenía ocho meses. El mío… el mío se movía por la casa a cuatro patas, oliéndose la entrepierna, bebiendo del váter y ladrando con mi voz distorsionada.
Él también había cambiado. El cuerpo nuevo era más alto, más delgado, con hombros anchos y una mandíbula que nunca había tenido. Antes era el novio que mis padres odiaban y yo en el fondo sabia que era verdad, que era demsiado feo para salir con una chica como yo, ellos siempre me criaron con la idea de “la apariencia importa”. Ahora la gente lo miraba dos veces por la calle. Yo lo noté desde el primer día: la forma en que se miraba al espejo, la forma en que ya no se encogía de hombros.
Las primeras semanas nadie sabía quién quién. Solo confusión y el olor a miedo que yo soltaba sin poder controlarlo.
Él intentó ayudarme al principio. Me subía a la cama. Me hablaba bajito. Me trataba aun como su novia. Me ponía en el plato la misma comida que él comía: pollo, arroz, un poco de carne. El estómago del perrito lo rechazó. Vomité ácido amarillo sobre las sábanas. Tuve diarrea que me quemaba el culo. Temblé de hambre y de debilidad hasta que él se cansó de limpiar y me dejó solo la comida de perro seco e insípido. Comía porque el cuerpo lo exigía. Cada bocado me sabía a rendición.
El perro que ocupaba mi cuerpo no entendía nada. Bebía del váter cada mañana con ruidos húmedos y satisfechos. Orinaba levantando una pierna contra el sofá. Cagaba en el pasillo y después se giraba y se comía parte de la mierda porque el olor le resultaba familiar. Yo lo veía desde abajo. Él lo evitaba los primeros días, ahora solo lo limpia sin decir nada.
Las primeras noches dormíamos juntos. Yo me encogía contra su costado, intentando recordar cómo se sentía tener un cuerpo que él quisiera tocar. Él me tapaba con la sábana. En la sala, el perro en mi cuerpo se revolvía en la cama de perro, soltaba quejidos humanos torpes y arañaba la puerta hasta hacerse daño en las uñas.
Una noche el estrés me ganó despues de ver mi cuerpo arrastrandose con mi culo desnudo. El cuerpo pequeño no aguantó. Me oriné en la cama mientras dormía. Él se despertó mojado, me miró con una expresión que nunca le había visto y me bajó de un empujón. Desde esa noche dormí en la cama de perro de la sala y el perro en mi cuerpo ahora dormia en la cama con mi novio. Cuando intenté subir de nuevo, me agarró del hocico y me devolvió al suelo. Mordí. Él me sujetó más fuerte y dijo, con voz fría:
—Ya no.
Me dejó dos noches en el transportín. Cuando salí, estaba más callada. Seguí llorando todas las noches. El llanto de un perro pequeño es agudo, intermitente, casi un sollozo. Al principio se levantaba. Después puso auriculares. Las últimas semanas ni se inmutaba.
El cuerpo nuevo le dio una seguridad que nunca había tenido. Empezó a salir despues de unos meses. Volvía oliendo a perfume ajeno y alcohol. El perro en mi cuerpo se ponía eufórico por alguna rqzon: le lamía la cara, la entrepierna, le bajaba la cremallera con los dientes y la lengua torpe, como si alguienle hubiera enseñado. Él no lo apartaba. A veces se reía. A veces se corría en esa boca que antes era mía mientras yo observaba desde la cama de perro, oliendo el semen y la saliva y el olor a perro que nunca se iba del todo.
Le enseñó trucos por repetición. “Sientate.” “Dame la pata.” “Chupa.” El perro aprendía porque le daban comida después. No había seducción. Solo instinto y recompensa. La primera vez que le hizo una mamada completa fue torpe, babosa, con dientes que rozaban y jadeos de cachorro. Él se corrió igual. Después le acarició la cabeza y dijo “buena chica” exactamente igual que le decía a Luna antes.
Yo entendía cada palabra. Él lo sabía. Por eso dolía más.
Nunca pude evitarlo, cuando lo intente me dejaron en el transportador todo el día sin comer.
Cuando el Gobierno anunció las clínicas de reversa, él pidió cita. Todavía dudaba. Esa misma noche el perro se arrodilló sin que se lo pidieran, le bajó el pantalón con las manos torpes y le chupó hasta que se corrió en su garganta. No hubo técnica. Solo lengua, babas y la insistencia de un animal que quería agradar. Él se quedó mirando el techo un rato largo. Después cogió el móvil y canceló la cita.
Me miró a mí, pequeña, temblando en la cama de perro, y dijo en voz baja:
—Es más fácil así.
Llore todo el día
Cansado me metieron en el maletero él todavía fingía. Me habló con la misma voz suave que usaba con Luna:
—Tranquila, buena chica. Ya casi llegamos.
Mentía. El centro de reversa quedaba a veinte minutos. Llevábamos más de media hora parados en un semáforo que no existía. La música sonaba a todo volumen. Yo ladraba hasta quedarme sin aire. Nadie me oía.
Desde delante llegaban otros sonidos. Lengüetazos húmedos. Jadeos. El crujido de la tela del asiento. Él decía “así… quieta… buena” mientras el perro en mi cuerpo lo chupaba o lo montaba con la urgencia torpe de un animal en celo, ya no puedo escuchar bien. El olor se filtraba por las rendijas: semen fresco, saliva, el perfume que yo usaba mezclado con el olor fuerte y animal que Luna nunca perdió. Había también olor a orina vieja y a mierda seca, porque el perro seguía haciendo sus necesidades donde le daba la gana y a veces se las comía después.
El calor dentro del maletero subía. El pelaje se me pegaba a la piel. La lengua me colgaba. Cada embestida de ellos me llegaba como una ola de olores: sexo, sudor, el aire acondicionado que ellos disfrutaban y que a mí no me alcanzaba. Intenté ladrar una última vez. El sonido salió roto.
El coche arrancó de nuevo. No hacia la clínica. Hacia casa.
Él habló otra vez, dirigiéndose al asiento del copiloto:
—Ya casi llegamos. Luego te doy premio.
Desde el maletero solo pude oler el final: el semen todavía fresco, el olor a perro en el cuerpo que antes era el mío, el calor que me iba apagando poco a poco, y la certeza fría de que Luna seguiría lamiendo y montando y respondiendo a “buena chica” mientras yo me quedaba aquí, pequeña, joven, y completamente olvidada.
El motor siguió ronroneando. La música no bajó. Y el olor a sexo y a traición fue lo último que sentí antes de que el calor me ganara del todo.