Elena descubrió las fotos. Los mensajes. El perfume barato impregnado en la camisa que él había dejado “olvidada” en el asiento del copiloto. No gritó. No lloró delante de él. Guardó todo en un sobre y esperó. Esa misma noche, mientras él dormía, ella terminó de cerrar el trato de la finca abandonada que siempre le había prometido construir juntos. Al día siguiente sonrió con una calma que él nunca le había visto y le dijo:
Elena: Amor, tenemos que ir rápido donde una amiga que necesita nuestra ayuda para el mantenimiento de su casa.
Él sin sospechar nada decide acompañarla en el auto debido que su amante no estaría toda la semana.
Grave error.
El camino de tierra era largo y solitario. Elena iba al volante. Él miraba por la ventana, aburrido. En una curva cerrada, ella frenó de golpe, sacó el bate del suelo y le dio un golpe limpio y seco en la nuca. El mundo se apagó de inmediato.
Cuando recuperó la conciencia, lo primero que sintió fue el frío de la hierba húmeda contra la piel. Intentó moverse y notó el peso extra en el pecho. Abrió los ojos. Tenía tetas. Grandes, firmes, pesadas. La piel era suave y blanca. Las manos que veía no eran las suyas: dedos largos, uñas cuidadas, una muñeca delgada con una soga gruesa anudada alrededor del cuello. Bajó la mirada. El coño afeitado y rosado estaba a la vista. Las piernas largas y tonificadas terminaban en pies pequeños. Estaba completamente desnuda.
Elena estaba de pie frente a ella, los brazos cruzados, sonriendo.
Elena: Hola, Sofía. Ese es tu nombre ahora. Te cambie de cuerpo con mi amiga que te dije, espero que no te moleste
Sofía intentó hablar, pero la voz que salió fue aguda, femenina, temblorosa.
Sofía: ¿Qué… qué me has hecho? ¿Dónde está mi cuerpo?
Elena: Tu cuerpo ya no te importa. Ahora eres mía. Vas a construir la casa de campo que siempre prometiste. Tú sola. Hasta que yo diga que has pagado suficiente.
Los primeros días fueron un infierno. Elena le obligó a cargar troncos pequeños a hombros, a cavar zanjas con una pala, a acarrear cubos de agua desde el arroyo. Siempre desnuda. El sol le quemaba la piel. El sudor le resbalaba entre las tetas y le bajaba por el vientre hasta el coño. Cada vez que se inclinaba, Elena le daba un azote en el culo con la vara.
Elena: Más rápido, Sofía. Esas tetas no te sirven de excusa.
Por las noches la ataba al poste del granero. A veces la usaba. Le abría las piernas, le metía los dedos hasta el fondo y le ordenaba que se corriera mientras decía en voz alta que era una puta de campo. Otras veces le obligaba a arrodillarse y le follaba la boca con un arnés grueso hasta que las lágrimas le corrían por las mejillas y la saliva le goteaba de la barbilla.
Pasaron las semanas. El cuerpo de Sofía se endureció. Las manos se llenaron de callos. Las tetas se marcaron con moretones de los troncos. El coño se acostumbró a estar siempre expuesto, siempre húmedo por la humillación y el uso constante. Elena la montaba cuando quería, a veces contra un árbol, a veces en el suelo del granero, a veces obligándola a gatear mientras le metía un plug en el culo.
Un mes después llegaron las otras dos.
La primera era Luna. Antes había sido el hijo rebelde de una amiga de Elena. El chico había insultado a su madre una vez de más. Al oír la historia de Sofía, la madre pidió el mismo tratamiento. Luna despertó en el cuerpo de una morena de ojos azules, tetas pequeñas y firmes, vientre plano, coño rosado y labios carnosos.
Elena: Esta es Luna. Antes era un hijo de puta malcriado. Ahora es otra puta de campo. Empujará la carretilla todo el día. Piedras, tierra, lo que haga falta.
Luna bajó la mirada. Su voz era suave y femenina.
Luna: Por favor… no puedo…
Elena: Sí puedes. Y lo harás. Si no, te dejo atada al poste tres días sin comida.
La tercera era Carmen. Antes había sido el marido de otra amiga. Un hombre que siempre había fantaseado en secreto con ser sissy. Su esposa lo descubrió y, al enterarse del método, lo envió sin piedad. Carmen despertó en el cuerpo de una morena de cabello largo, tetas pesadas, caderas anchas y muslos gruesos.
Elena: Carmen, tú trabajarás la tierra. Desnuda. .
Carmen miró sus nuevas tetas y el coño que ahora tenía entre las piernas. Su voz salió temblorosa, pero había un brillo raro en sus ojos.
Carmen: Entendido… señora.
Desde ese día las tres trabajaban juntas.
Sofía cargaba troncos.
Luna empujaba la carretilla llena de más troncos
Carmen clavaba la azada en la tierra, el sudor resbalándole entre las tetas grandes, el culo al aire, la correa tirando de su cuello cada vez que Elena quería recordarle quién mandaba.
Por las noches Elena las usaba a todas. Sofía era la favorita para la boca y el coño. Luna recibía azotes y dedos en el ano. Carmen era obligada a montar el arnés mientras las otras dos le lamían el clítoris hasta que se corría gritando.
Los meses pasaron. El cuerpo de Sofía se había adaptado. Ya no lloraba cada mañana. Solo trabajaba, sudaba y se dejaba follar. Luna había perdido la rebeldía; ahora solo bajaba la cabeza y empujaba. Carmen, en cambio, a veces se tocaba el coño a escondidas cuando pensaba que nadie la veía, disfrutando en secreto de su nueva existencia.
Una tarde de finales de verano, Elena apareció de repente en el campo. Llevaba el vestido negro de látex que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, el escote profundo dejando ver el inicio de sus tetas, el pelo negro suelto. En la mano llevaba una vara corta.
Elena: Dejadlo todo. Ahora.
Sofía soltó el tronco pequeño que cargaba. Luna soltó las asas de la carretilla. Carmen clavó la azada en la tierra y se quedó quieta.
Elena señaló el suelo con la vara.
Elena: A cuatro patas. Sofía y Carmen. Ahora.
Sofía y Carmen bajaron a manos y rodillas en la tierra. Las tetas de Sofía colgaban pesadas y se balanceaban. Las de Carmen, más pequeñas, también. Los coños quedaban expuestos al aire, los culos en alto. Las sogas colgaban entre sus pechos como riendas.
Elena: Al granero. Gateando. Como las perras que sois.
Empezaron a avanzar a cuatro patas por el camino de tierra. Las rodillas se llenaban de barro. Las tetas se mecían. El coño de cada una se abría y cerraba con el movimiento. Elena caminaba delante, el vestido de látex brillando bajo el sol, la vara golpeando de vez en cuando un culo o un muslo para que aceleraran.
Sofía: Por favor… los brazos me duelen…
Elena: Silencio. Gatea.
Carmen: No puedo más…
Elena: Sí puedes. O te dejo así toda la noche.
Luna vio la oportunidad. Elena iba distraída mirando a las dos que gateaban. Se acercó por detrás, se montó a horcajadas sobre la espalda de Carmen y se sentó sobre su lomo como si fuera un caballo. Se agarró a la soga del cuello de Luna como riendas y empezó a frotarse el coño contra la espalda sudorosa de la otra.
Luna: Arre, yegua. Más rápido.
Carmen gimió de esfuerzo y vergüenza, pero no se atrevió a parar. El peso extra hacía que sus brazos temblaran y su coño quedara aún más expuesto. Luna se frotaba deliberadamente, gimiendo bajito mientras guiaba a su montura con tirones suaves de la soga.
Luna: Qué buena estás, Carmen. Tu espalda es perfecta para montar. Siente cómo me mojo encima de ti.
Carmen: Luna… por favor… me duele…
Luna: Calla y sigue. Me estoy corriendo un poco solo de frotarme.
Sofía, gateando delante, giró un poco la cabeza y vio la escena. Su propio coño se contrajo traicioneramente.
Sofía: Elena… mira…
Elena sonrió, lenta y cruel.
Elena: Preciosas. Las tres. Entrad. Hoy vais a aprender lo que significa ser propiedad de verdad.
Solo había empezado.
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Después de tiempo haciendo historias
La verdad es que me siento desmotivado para hacer historias, no tengo la inspiración para historias, la historia interactiva que estoy haciendo es bastante extensa que realmente creo que necesito ayuda
Pero bueno, voy a intentar ser más activo
Una ultima cosa. Quisieran que haga otro blog donde solo publique historias eróticas (obviamente body swap) de grok? sin imágenes y son solo historias que haga mientras este aburrido sin esfuerzo
Lo digo para saber sus opiniones