jueves, 20 de agosto de 2026

Estoy en el cuerpo de mi acosadora

Riku y Mio se conocieron sin que él lo supiera.

Todo empezó un martes de abril, a las cinco y media de la tarde. Riku salía de la secundaria con dos amigos, riendo por algo que uno de ellos había dicho. Alto, hombros anchos, pelo negro un poco largo, mandíbula marcada y esa sonrisa fácil que hacía que las chicas se giraran. Mio iba caminando en dirección contraria, con el uniforme todavía puesto porque había salido tarde de su secundaria. Lo vio y escucho que hablo de ella diciendo que era guapa, realmente hablaban de otra persona, pero ella la entendió así. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que casi se le doblaron las rodillas. Ese mismo día empezó a seguirlo.

Al principio solo lo miraba desde lejos. Se escondía detrás de postes o de grupos de gente. Después empezó a sacarle fotos con el móvil escondido bajo la manga del blazer. Fotos de su espalda caminando, de su perfil cuando se reía, de sus manos cuando sacaba el móvil, de la forma en que se le marcaban los músculos de los brazos bajo la camiseta. Llegó a casa esa noche y se metió los dedos mirando esas fotos, mojándose la ropa interior mientras imaginaba que él la miraba a ella.

En menos de una semana descubrió dónde vivía. Empezó a pasar por su calle todos los días. Aprendió sus horarios. Sabía a qué hora salía a correr, a qué hora volvía de la universidad, a qué hora apagaba la luz de su habitación. Un mes después entró por primera vez. Forzó la cerradura del segundo piso con una tarjeta vieja que había practicado usar. El olor de Riku la golpeó como una droga. Revisó sus cajones. Robó una camiseta negra que olía a su sudor, un par de calzoncillos usados que encontró en el cesto de la ropa sucia y una foto de él con su madre. Esa misma noche se puso la camiseta de Riku, se metió los calzoncillos en la boca y se folló con los dedos hasta correrse tres veces, temblando y llorando de placer y vergüenza.

Los meses siguientes fueron peores. Entraba dos o tres veces por semana. A veces solo se sentaba en su cama y olía la almohada. Otras veces se masturbaba en su silla de escritorio, dejando un charquito de fluidos que después limpiaba con cuidado. Robó más ropa. Se hizo una colección de fotos. Nunca le habló. Nunca se acercó lo suficiente para que él la reconociera. Solo lo consumía en silencio, como una enfermedad.

Riku sí notó algo. Empezó a sentir que alguien lo miraba. Encontró la cerradura forzada dos veces. Desaparecieron cosas de su cajón. Una vez vio una silueta femenina cruzando la calle cuando salía de noche. Odió esa sensación. Odió la idea de que alguna puta rara lo estuviera espiando. Cada vez que pensaba en ella, el asco le subía por la garganta. Empezó a mirar por encima del hombro. Cambió la cerradura. No sirvió de nada.

La noche del accidente llovía.

Riku llegó a su edificio cerca de las once. Subió las escaleras del segundo piso con el móvil en la mano, revisando un mensaje. Al girar en el rellano la vio. Mio estaba parada frente a su puerta, con una de sus camisetas negras en la mano y el pelo empapado por la lluvia. Se habían mirado a los ojos por primera vez.

Mio: …

Riku: ¿Qué mierda haces aquí?

Ella dio un paso atrás, tropiezo con el borde de la alfombra del rellano, y lo empujó por reflejo al intentar escapar. Riku perdió el equilibrio. Intentó agarrarse a la barandilla pero sus dedos resbalaron. Cayó de espaldas por las escaleras. El primer golpe le partió la nuca contra el borde de un peldaño. El segundo le hizo rebotar la cabeza. El tercero lo dejó inmóvil en el suelo del primer piso. El último pensamiento que tuvo fue puro odio: esa puta acosadora me mató.

Todo se apagó.

Cuando abrió los ojos otra vez, no era su techo. No era su cama. No era su voz. La que salió de su garganta era aguda, temblorosa, femenina. Se incorporó de golpe y el peso extra en el pecho lo hizo tambalear. Miró hacia abajo. Dos senos medianos que se movían dentro de una blusa blanca. Un lazo rosa. Una falda a cuadros demasiado corta que apenas le cubría los muslos. Estaba dentro del cuerpo de Mio.

La primera vez que se miró al espejo del baño casi vomita. Esa cara. Esos ojos. Esos labios que lo habían perseguido durante meses. El asco le subió tan fuerte que se tuvo que agarrar al lavabo. Pero el cuerpo no le daba tregua. Cada vez que se movía sentía el roce de las bragas contra el clítoris. Cada vez que se sentaba notaba cómo se le hinchaban los labios. Se mojaba sin motivo. El libido de ese cuerpo era una traición constante.

Pasó una semana entera de luto. Todo el mundo creyó que Riku se había resbalado solo por las escaleras. Nadie sospechó de Mio. Él no dijo nada. Solo se quedó en ese cuerpo, escondido, sintiendo cómo el coño se le llenaba de humedad cada vez que recordaba el momento de la caída (por alguna razón extraña). Cada noche se despertaba empapada, con los muslos pegajosos y el clítoris duro. Se odiaba. Odiaba el cuerpo. Odiaba el placer que ese cuerpo le arrancaba sin permiso.

Tampoco entendía que hacia en ese cuerpo ni mucho menos que paso, solo sabe que cuando desperto estaba en la casa de Mio y en su cuerpo.

Hoy terminó el luto oficial. Tenía que volver a “su” casa. La casa de Mio. La madre soltera casi nunca estaba. Perfecto.

Caminó por la calle con el uniforme puesto, las manos juntas sobre el bajo de la falda, conteniendo las ganas de tocarse.




Cada paso hacía que los labios de esa vagina se frotaran. El clítoris golpeaba contra la tela de las bragas con cada movimiento. Llegó, subió las escaleras y cerró la puerta de la habitación con un clic suave

Por fin sola.

Se quedó de pie en medio de la habitación, ligeramente inclinada hacia adelante, las rodillas juntas, una mano apretada contra el bajo de la falda. Los ojos cerrados, la boca entreabierta. El clítoris latía contra la tela de las bragas, ya empapadas. El olor a excitación le subía hasta la nariz.



Riku: Joder…

Se metió la mano bajo la falda, enganchó las bragas y las bajó de un tirón hasta los tobillos. Las dejó ahí, enredadas en los calcetines negros. El resto de la ropa se quedó puesta: la blazer azul, la camisa, el lazo rosa, la falda corta. Solo el acceso libre. El aire frío le rozó los labios hinchados y el clítoris ya duro y brillante. Estaba tan mojada que un hilo de fluido le bajó por el interior del muslo derecho.

Del cajón de la mesita sacó el vibrador varita mágica rosa y el dildo de silicona mediana. Los había visto antes, cuando este cuerpo todavía no era suyo. Ahora eran suyos. Se sentó en el borde de la cama rosa.



Abrió las piernas todo lo que pudo. El coño quedó completamente expuesto: labios abiertos, rosados, brillantes, el agujero contrayéndose solo, el clítoris hinchado y salido de su capucha.



Encendió la varita en el segundo nivel y la apoyó directamente sobre el clítoris. El zumbido le arrancó un jadeo inmediato. El placer subió como una descarga eléctrica desde el coño hasta la nuca. Al mismo tiempo, con la otra mano, empujó la punta del dildo entre los labios resbaladizos. Entró fácil. Lo hundió despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo las paredes internas se cerraban alrededor de la silicona. Cuando llegó al fondo, el dildo presionó algo profundo y un gemido largo se le escapó de la garganta.



Riku: Ahhh… puta… qué rico… cómo se siente esto…

Empujó el dildo más profundo y lo sacó casi del todo. El sonido húmedo llenó la habitación: un chapoteo obsceno cada vez que el juguete entraba y salía. La varita no paraba de vibrar contra el clítoris. Cada pulso hacía que el coño se contrajera y soltara más líquido, que resbalaba por el dildo, le manchaba la mano y caía en gotas sobre el borde de la falda y la sábana. Se folló con el juguete sin piedad, metiéndolo y sacándolo rápido, abriendo las piernas todavía más, arqueando la espalda. El clítoris latía bajo la varita como un corazón loco.



Cuando las piernas empezaron a temblar de verdad y el orgasmo se acercó como una ola negra, se giró y se arrodilló sobre el colchón. Apoyó la mejilla contra la sábana rosa, el culo en alto, la falda subida hasta la cintura. El coño quedó completamente expuesto, abierto, goteando, el agujero todavía abierto por el dildo. Siguió apretando la varita contra el clítoris con una mano. Con la otra sacó el dildo, lo miró un segundo cubierto de sus propios jugos blancos y viscosos, y se lo metió en la boca.



Chupó con desesperación. La lengua rodeaba la cabeza, los labios se cerraban, saboreando su propio sabor amargo y dulce. Tragaba la saliva mezclada con sus fluidos. Al mismo tiempo el vibrador no paraba de triturar el clítoris. El orgasmo llegó como una ola sucia y violenta. El cuerpo de Mio se contrajo entero. Los muslos temblaron. Los dedos de los pies se crisparon dentro de los calcetines. Un gemido ahogado se le escapó alrededor del dildo mientras el coño se apretaba en espasmos fuertes, chorreando sobre la sábana y el juguete que seguía vibrando. Se corrió tanto que el líquido le bajó por los muslos internos hasta los calcetines, formando un charquito debajo de las rodillas.



Cuando terminó, se dejó caer de lado. Las rodillas quedaron flexionadas hacia arriba, la falda todavía levantada, las bragas en el suelo. El vibrador y el dildo abandonados a un lado, brillantes de fluidos. El coño seguía abierto, temblando, soltando los últimos hilos de humedad. La mirada vacía, fija en la pared blanca.



El asco volvió. Pero debajo del asco, el cuerpo seguía latiendo, caliente, el clítoris aún sensible, el agujero aún abriéndose y cerrándose solo, como si pidiera más.

Riku estaba atrapado en el cuerpo de la chica que lo había matado. Y por primera vez desde que despertó en esa piel, no sabía si odiaba más el hecho de estar vivo… o el hecho de que este vivo en el cuerpo de su acosadora.

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