lunes, 20 de abril de 2026

Cambio de cuerpo por la "ciencia"

Mateo y Camila estaban solos en el laboratorio de ciencias después de las clases de la tarde. El lugar olía a productos químicos y el silencio solo se rompía por el zumbido de los fluorescentes del techo. Las paredes azules estaban cubiertas con carteles educativos: uno grande de “The Atom” con átomos girando en colores brillantes y otro de la tabla periódica con todos los elementos en filas perfectas. En el centro había una mesa negra de trabajo llena de tubos de ensayo, pinzas metálicas, un vaso con líquido azul y un pequeño mechero. A un lado, una silla verde de plástico esperaba vacía junto a la mesa.

Mateo, el chico alto de cabello oscuro y sonrisa traviesa, sacó de su mochila una cajita plateada que había traído de su viaje al Medio Oriente.

Mateo: Oye, Camila, mira esto. Las compré en un mercado viejo y raro de Dubái. Se llaman X-change. Dicen que cambian los cuerpos de quien las tome, pero la etiqueta está medio borrada y no sé exactamente cómo funcionan. ¿Probamos una? Imagínate lo épico que sería.


Camila, con su carácter fuerte y gruñón, cruzó los brazos sobre su uniforme rosa de laboratorio y lo miró con los ojos entrecerrados.

Camila: Estás completamente loco, Mateo. No voy a meterme esa mierda solo porque tú eres un pervertido de mierda que no piensa con la cabeza. Guárdala antes de que te la meta por el culo.

Pero la curiosidad pudo más que su mal humor. Los dos tragaron una pastilla cada uno al mismo tiempo, riéndose nerviosos. En menos de diez segundos un mareo fuerte los golpeó. El mundo giró, sus visiones se nublaron y, de repente, todo cambió.

Mateo abrió los ojos y sintió el peso extraño de dos pechos firmes y redondos en su pecho. Miró hacia abajo y vio el uniforme rosa ajustado al cuerpo curvilíneo y suave de Camila. Sus manos ahora eran pequeñas, con uñas pintadas, y el cabello rubio le caía en una coleta sobre el hombro. Se miró en el reflejo de un frasco de vidrio y soltó una risita baja.



Camila, por su parte, parpadeó dentro del cuerpo alto y fuerte de Mateo. La bata blanca le quedaba holgada sobre los hombros anchos, y sintió entre las piernas algo pesado y extraño que nunca había tenido. Se tocó la cara y notó la mandíbula más marcada y el cabello negro corto.

Mateo, ahora en el cuerpo de Camila, se acercó a la mesa negra con una sonrisa pervertida. Sin decir nada, levantó lentamente la parte de arriba del uniforme rosa, dejando al descubierto los pechos desnudos. Los observó con curiosidad, girando el torso de un lado a otro para ver cómo se movían.



Camila, en el cuerpo de Mateo, lo miró desde su nueva altura con la cara roja de rabia. Sus puños se cerraron con fuerza a los costados.

Camila: Hey, ¿qué carajos crees que haces usando mi cuerpo así? Bájate eso ahora mismo, idiota pervertido. ¡Te juro que te voy a matar cuando volvamos!

Pero no se movió ni un paso. Solo lo fulminó con la mirada, respirando fuerte por la nariz.

Mateo soltó una risita baja y, sin bajar el uniforme, se quitó la camisa por completo. El torso desnudo de Camila quedó expuesto bajo las luces del laboratorio. Se inclinó ligeramente hacia adelante, arqueando la espalda y mirándolo con ojos juguetones y provocadores.



Mateo: ¿Qué? ¿No te gusta verme así en tu propio cuerpo? Mira cómo se mueven… Ven, acércate un poco más, grandote. ¿O te da miedo lo que sientes ahora entre las piernas?

Antes de que Camila pudiera dar un paso o gritarle una grosería más, el teléfono que ahora estaba en el bolsillo de la bata blanca sonó con urgencia. Era una llamada del decano del departamento. Camila sacó el celular y maldijo por lo bajo.

Camila: Maldición, es el decano. Tengo que contestar esto ahora mismo. No te muevas de aquí, pervertido de mierda. Vuelvo en un minuto y te voy a patear el culo.

Salió corriendo del laboratorio, cerrando la puerta con fuerza detrás de ella.

Mateo se quedó solo, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho de Camila. La excitación era demasiado. Se quitó toda la ropa restante en segundos: el uniforme rosa cayó al suelo, seguido de la ropa interior. Quedó completamente desnudo, con el cuerpo curvilíneo expuesto. Subió un pie descalzo a la silla verde y el otro al borde de la mesa negra, abriendo las piernas de forma provocativa. Se apoyó con una mano en la mesa y con la otra empezó a masturbarse lentamente, deslizando los dedos por el clítoris hinchado. Gemidos suaves escapaban de su boca mientras exploraba cada sensación nueva, moviendo las caderas en círculos y mordiéndose el labio inferior.



Minutos después, la puerta se abrió de golpe. Camila regresó, todavía en el cuerpo de Mateo, y se detuvo en seco al ver la escena. Su cara se puso completamente roja de rabia y sorpresa.

Camila: ¡Maldita sea, Mateo! ¿Esto es lo que haces cuando me voy dos minutos? ¡Eres un enfermo!

Furiosa, se bajó la cremallera del pantalón de la bata blanca con un movimiento brusco y sacó el pene erecto y duro que ahora tenía. Sin decir una palabra más, se acercó y agarró con fuerza las tetas de Mateo, apretándolas con las manos grandes del cuerpo de él.



Mateo: Espera, Camila… ¿Qué vas a hacer? Estoy asustado… esto es demasiado grande y…

Camila no escuchó. Lo empujó contra la mesa y empezó a chuparle las tetas con fuerza, succionando los pezones rosados y mordisqueándolos mientras Mateo gemía confundido y excitado. Luego la agarró firmemente del vientre suave con una mano para que no se cayera de la posición inestable entre la silla y la mesa.



La giró de espaldas con un movimiento rápido, puso sus rodillas sobre la silla verde y la penetró por detrás con el pene duro, follándola con embestidas fuertes y profundas. Le sujetaba los brazos hacia atrás con una mano mientras la otra le apretaba la cadera.

Camila: Esto es tu culpa, pervertido de mierda. ¡Toma todo lo que te mereces!



Cambió de posición de repente. Camila se sentó en la silla verde, con las piernas abiertas, y Mateo, todavía en el cuerpo de Camila, se subió encima de ella. Se colocó a horcajadas y empezó a cabalgarlo con movimientos rápidos y desesperados, sus tetas rebotando con cada bajada. Los gemidos llenaban el laboratorio.



Justo antes de que Camila se corriera, la bajó al suelo de un empujón y la obligó a arrodillarse frente a él.

Camila: Abre la boca. ¡Ahora, perra!

Mateo, temblando de excitación y miedo, se subió los lentes negros hasta la cabeza para poder chupar mejor. Abrió los labios y metió el pene en su boca, succionando torpemente al principio.


Camila empujó con fuerza, follándole la boca con movimientos rápidos. Al correrse, eyaculó todo dentro, llenándole la boca con chorros calientes. El movimiento brusco hizo que los lentes se le cayeran al suelo con un tintineo.

Camila se apartó jadeando, con el pecho subiendo y bajando. Miró el frasco de las pastillas que seguía sobre la mesa negra y lo agarró con manos temblorosas. Leyó la etiqueta pequeña por segunda vez, con los ojos muy abiertos.

Camila: Mierda… Esto no era la solución para volver. La instrucción dice que el sexo solo activa el cambio inicial, pero para revertir se necesita otra cosa completamente distinta. ¡No volvimos a nuestros cuerpos, idiota!

Mateo, todavía de rodillas en el cuerpo de Camila, con semen chorreando por su barbilla y los labios hinchados, se limpió la boca con el dorso de la mano. Una sonrisa pervertida y satisfecha se dibujó en su rostro.


Mateo: Tal vez no lo hicimos bien. Hagámoslo de nuevo. Esta vez más lento… y más sucio. ¿Qué dices, grandote?

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